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dijous, 22 de novembre del 2018

Cotarelo desmunta el 'deep state' espanyol

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El politòleg Ramón Cotarelo ha manifestat al programa Tot es mou de TV3, que Espanya està governada per un franquisme actualitzat, i que el dictador Franco no només ho va deixar tot "atado y bien atado", sinó que es perpetua en llocs clau de l'Estat. "Espanya està governada per uns morts", afirma fent una descripció gràfica.

"Aquestes manifestacions del 20-N s'haurien de repetir cada any perquè el personal no oblidi per on va passar aquest país fa 40 anys. Deixant ben clar que allò de l'atado y bien atado era poc. El país està governat per uns morts i unes aus carronyeres que el mort va anar deixant per tot arreu col·locades de forma estratègica: als governs, als parlaments, a les administracions públiques...Què n'hem de dir dels jutjats?... Tot el país està copat per la banda de criminals que aquest individu [Franco] va posar en marxa. Va tenir 40 anys per repartir dons, beneficis i canongies que van crear aquest suport que es veu ara, que ha deixat parat a tothom. Diuen, com pot ser que la gent 40 anys després...? Són beneficiats de la dictadura, aquest és l'únic país del món on el feixisme va guanyar la guerra", ha indicat.

dimecres, 21 de novembre del 2018

Mentiras fundamentales sobre Cataluña - Xavier Díez

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El quinto episodio de la tercera temporada de la serie británica Black Mirror, Men Against Fire podría servir como la mejor metáfora a la hora de comprender la manipulación mediática y operación de guerra sucia para administrar el conflicto catalán. Para quien no lo haya visto, una breve descripción de la trama. En un futuro distópico, una organización militar se dedica a perseguir y exterminar una raza mutante (los roaches o cucarachas) que se esconden en lugares poco accesibles y presentan un aspecto aterrador, emitiendo gruñidos incomprensibles, y de quien se dice que se dedican a la violencia. Cad soldado posee un implante neuronal que sirve para agudizar sus sentidos y así perfeccionar su eficacia letal. En una de las persecuciones, el protagonista recibe una descarga de luz que le sobrecarga en el chip, hasta que éste empieza a fallar. Es así como, no solamente empieza a darse cuenta que el implante le engaña sobre su propia existencia, mucho más gris de lo que le muestran unos sentidos manipulados, sino que la presunta raza mutante, corresponde en realidad, a humanos como a él, y que los gruñidos son, simplemente palabras que puede comprender fácilmente. Porque, en realidad, el chip sirve para distorsionar su percepción y, así, deshumanizar a las víctimas, porque en cierta manera, el implante es como la propaganda en tiempo de guerra: anula la capacidad de empatía a fin de ser manipulados al antojo de sus mandos, y así poder practicar la violencia sin cuestionamientos morales ni remordimientos. 

Men Against Fire nos sirve para describir el trato mediático y político a Cataluña en los últimos años. Los medios de comunicación convencionales, así como buena parte de las redes sociales se han concentrado a atizar el odio contra Cataluña y a realizar unas tareas de manipulación informativa descaradas. Desde programas como Espejo Público, los informativos de las cadenas generalistas, los medios digitales, la prensa de Madrid se establece una competición a ver quién es más antiidependentista. De hecho, los independentistas son tratados y distorsionados como los “roaches” o “cucarachas”, y, de hecho, los tópicos usados no difieren de los recursos utilizados por los antisemitas en Centroeuropa en los años que precedieron a la segunda guerra mundial. Esto se complementa con un apagón informativo sobre lo que sucede realmente en una Cataluña que, por su parte, y ante la bacanal de mentiras mediáticas, ha dado la espalda a estos medios (la caída de consumo televisivo respecto a las cadenas con sede en Madrid, así como con las cabeceras de los periódicos tradicionales tiene magnitudes históricas). La ofensiva del odio ha conseguido serrar los cables que mantenían unida una ciudadanía diversa a un estado que, vista la represión del 1-O y posterior, y los silencios cómplices de la sociedad civil española, difícilmente se podrán recoser. El divorcio mental ya es una realidad. Y esto se convierte en un grave problema político que no hará sino empeorar mientras no se aborde mediante la política y desde una democracia que tiene que ver con las urnas y el pacto –como entienden los independentistas-, y no con las leyes y la represión -como practica el nacionalismo español amparado en sus instituciones- Por supuesto, para deshumanizar a catalanes (como previamente se había hecho con los vascos, o con los disidentes respecto al postfranquismo que domina los resortes del estado) es necesario un relato que justifique el odio. Y para ello, es necesario construir mentiras, que para que sean creíbles, requieren dosis homeopáticas de verdad. Esto no pretende ser un inventario exhaustivo, pero sí contiene elementos bastante repetidos desde los medios de comunicación y responsables políticos y que, o bien se han instalado como creencias recientes, o bien llevaban mucho tiempo instaladas en el subconsciente colectivo de buena parte de la sociedad española en una relación España-Cataluña siempre conflictiva. No olvidemos que ya en el siglo XVII, Quevedo, un precursor de intelectual orgánico y de los tertulianos contemporáneos, ya consideraba a Cataluña como “aborto monstruoso de la política.”

Mentira número 1: Cataluña está dividida
“Las familias se rompen”, “se persigue a los ‘constitucionalistas’”, … En fin. Cualquiera que tenga un mínimo contacto con la realidad, comprobará esta falacia de magnitudes olímpicas. La cuestión del independentismo, contrariamente a la burda propaganda impulsada por Ciudadanos, no divide a la sociedad catalana en absoluto, sino que, como cualquier otra cuestió polémica, permite visibilizar opiniones y posiciones diferentes. Toda sociedad democrática se caracteriza por su capacidad de administrar discrepancias, y el discurso catastrofista suele utilizarse como mecanismo, más que conservador, inmovilista. La cuestión de la independencia puede dividir tanto o tan poco como el aborto, la legalización de la prostitución, la inmigración, la multiculturalidad, la permanencia en la Unión Europea o los matrimonios de personas del mismo sexo. Las personas y familias pueden mantener discusiones tensas sobre cuestiones trascendentes que marcan los conflictos contemporáneos. Pero la actitud de evitar administrar la complejidad del presente o de decidir sobre temas importantes, no es de conservadores, sino de reaccionarios. Vetar los debates o impedir la búsqueda de soluciones suele venir acompañado de argumentos falaces en base a un pasado idealizado (y, por tanto, falso) que viene a romper la teórica armonía de una supuesta arcadia feliz, en un mecanismo intelectual que recuerda al integrismo religioso. La actitud de, “no tratemos el tema de la autodeterminación, porque eso romperá familias” no es muy diferente a “no legalicemos el divorcio porque el país se sumirá en el caos y la anarquía”, que sostenían los franquistas a inicios de los ochenta, “no toleremos la libertad sexual de las mujeres, porque eso va en contra de la voluntad de Dios”, que sostienen los fanáticos religiosos, o “impidamos que los hijos de los inmigrantes puedan adquirir la ciudadanía porque esto va a romper con los valores de la nación” que intenta poner en práctica Donald Trump.

Bonus Track 1: A lo largo del último siglo, el nacionalismo catalán ha debatido reiteradamente sobre “quién es catalán”. Fu durante los años sesenta, en un momento en el que la inmigración peninsular hizo que la población catalana se duplicara en cuarenta años, y que llegó un momento, hacia mediados de los setenta, en que había más residentes nacidos fuera que dentro de Cataluña. En estas circunstancias extraordinarias, se llegó a un acuerdo tácito. La fórmula, a medias entre Jordi Pujol, Paco Candel y el antifranquismo militante fue: “es catalán todo aquél que vive y trabaja en Cataluña”, a la cual sigue una coletilla que no siempre se recuerda: “y que no le sea hostil”, dirigida especialmente a las jerarquías de altos funcionarios y policías franquistas instalados en el Principado como garantes de la represión. Cambiemos ligeramente los términos: “¿Quién es español?”. Administrativamente, quien posee la nacionalidad, que por si no lo saben, en España funciona el “ius sanguinis”, lo que implica que a los residentes de otra nacionalidad y sus descendientes no se les consideran españoles. Bien. ¿Es español aquel residente británico que no habla español ni bajo tortura y que desprecia continuamente su identidad, símbolos y costumbres? La respuesta es obvia. En el caso catalán, buena parte del “constitucionalismo”, en realidad, un postfranquismo poco disimulado, implica que amplios segmentos de los residentes de Cataluña odian, desprecian o ignoran aquellos elementos definitorios y muestran una amplia hostilidad hacia el territorio, su lengua, costumbres y deseos de sus ciudadanos. Debemos recordar que Ciudadanos fue un partido creado expresamente en Barcelona para canalizar el odio hacia lo catalán, y que representa a los herederos intelectuales de los altos funcionarios y policías garantes de la represión. En sus manifestaciones es muy habitual que se paren a homenajear al cuartel de la Policía Nacional de Vía Layetana, conocido por ser un centro de torturas y atentados contra los derechos humanos desde inicios de siglo XX, un verdadero Abu Grahib ibérico.

Mentira número 2: Lo de la independencia es por el dinero
Se trata de una falsedad muy arraigada, a la cual ha contribuido una parte no desdeñable del catalanismo conservador y su discurso –a pesar de todo, bien documentado- sobre la discriminación económica del país. Pero la cuestión económica no es una causa, sino una consecuencia del poder asimétrico entre aquellos territorios -y grupos sociales- que perdieron la guerra civil, y que al no existir unos juicios de Nuremberg no se rectificó. El poder real que se asentó entre las élites franquistas ha fomentado cierto feudalismo económico, mediante unas políticas parasitarias asentadas en el poder financiero y económico de carácter rentista y el alto funcionariado del estado, con una mentalidad latifundista. El Madrid político -que, por cierto, domina los medios de comunicación- ha manipulado la política para sabotear el crecimiento y desarrollo de polos económicos alternativos, no solamente en Cataluña, sino también, y muy especialmente en el País Valenciano, donde la discriminación fiscal es aún más profunda. El verdadero factor de fondo que explica el independentismo es un choque de culturas políticas. Como ha demostrado la evolución del estado, especialmente a partir del momento en el que el franquismo desacomplejado de Aznar llegó al poder –sobre todo a raíz de la mayoría absoluta de 2000- ha chocado con la hegemónica cultura política antifranquista que caracteriza transversalmente a la sociedad catalana. Como los hechos han demostrado en base a una causa general contra el independentismo, Cataluña se quiere ir porque ha comprobado la naturaleza profundamente antidemocrática del estado español, cada vez con un comportamiento más próximo a Turquía. Cataluña quiere romper con España, porque los últimos acontecimientos este gesto representa romper con el franquismo (y la cultura franquista) hegemónica en el estado, y crecientemente aceptada por acción (pero, sobre todo, por omisión) por la mayoría de la sociedad. Cataluña quiere romper con España porque es republicana, mientras casi nadie cuestiona una monarquía puesta a dedo por el Pol Pot mediterráneo que fue Franco.

Mentira número 3: el independentismo es un movimiento burgués
Esta es una acusación típica lanzada desde las izquierdas en base a una lectura indigesta de un Marx poco leído y desde el mal comprendido texto de Jordi Solé Tura sobre el catalanismo. En cierta manera, esta es una afirmación categórica y simplificadora que contiene algunos elementos que llevan a tener este análisis erróneo. En primer lugar, la propia idea de “burguesía”, entendida a la manera tradicional, es decir, patrones, propietarios de empresas y de gran capital, hoy en día el más que discutible de acuerdo con las nuevas reglas del juego del capitalismo neoliberal. Pero lo que llamaríamos la alta burguesía catalana, vinculada a los negocios en base a sus relaciones privilegiadas con el poder político es más que hostil al republicanismo. Según los diversos estudios sociológicos y demoscópicos sobre la cuestión, en Pedralbes, el barrio paradigmático de las clases altas barcelonesas, el sentimiento independentista no llega al 40%. En cambio, sí existe una mayoría de independentistas en lo que serían las clases medias y sobre todo las nuevas clases medias emergentes, muy vinculadas con parámetros más objetivos como el nivel de estudios. Así, según el barómetro de opinión pública de 2017, se consideran independentistas quienes poseen una titulación de Bachillerato y FP (51%), y estudios universitarios (entre el 6163%), mientras es minoritario entre quien posee la ESO (42%) o no posee estudios (20%). Esto se complementa con la edad: 59% favorable a la independencia, 29% en contra para el segmento de 18 a 24 años; 58% a 32% para quienes tienen entre 2 y 35 años; 48% a 39% entre los 36 y 49 años, y solamente el unionismo empieza a ser mayoritario para los mayores de 50; 43% independentistas respecto al 47% unionistas entre 50-64 años y 40% a 51% entre mayores de 65. Esto ofrece un panorama complejo, silenciado en los medios españoles, que tiene menos que ver con la clase que con el nivel de politización, arraigo y participación social. En otros términos, el independentista no es ningún “roach” ni burgués, sino una persona nacida en Cataluña, con estudios postobligatorios, que participa activamente de la vida social de su comunidad, que ideológicamente mantiene valores democráticos, se considera de centro-izquierda y cuyas motivaciones suelen estar más el construir un futuro libre de la hipoteca del franquismo superviviente de la Transición, algo, por cierto, muy lejos de los tópicos insertados en el chip que los medios madrileños y la clase política del estado ha implantado en la percepción de la sociedad española.

Mentira número 4: el independentismo es un souflé
Esta fue la excusa para no hacer nada cuando las cosas empezaron a deteriorarse a raíz del culebrón del Estatut de 2006. Desde el entorno nacionalista español, fomentado en el bipartidismo PSOE-PP, pero sobre todo desde el potente franquismo sociológico que nunca se fue, se consideró que las heridas abiertas por los ataques catalanófobos durante la tramitación, aprobación y sentencia del Estatut generaría un malestar pasajero. Acostumbrados al pactismo pujolista, las instituciones del estado cometieron el error típico de analizar situaciones nuevas con categorías viejas y no fueron capaces de percibir la mutaciones sociales y políticas profundas que ya se intuían des de la década anterior, en el que buena parte del independentismo iba saliendo del armario catalanista, e incluso se iba gestando un independentismo postnacional, que contempla el derecho a decidir como algo natural y la monarquía centralista como algo insoportablemente retrógrado. Mientras las difamaciones sobre el sistema de inmersión, las descalificaciones hacia el nacionalismo ajeno (sin la autocrítica del propio), los fracasos de las políticas de memoria histórica se iban sucediendo, entre las generaciones que no vivieron el franquismo ni la Transición se estaba cociendo un cambio de paradigma político: la idea que la Transición había fracasado a la hora de administrar la cuestión de la plurinacionalidad del estado, que la monarquía se trataba de la continuación del franquismo por medios constitucionales, y que la reforma (especialmente la necesaria transformación de una mentalidad española que no parece capaz de tratar de igual a igual a aquellas realidades nacionales no castellanas) era imposible. Y, aunque pareciese una paradoja, la independencia era la opción más realista para vivir sin la interferencia, no solamente del franquismo omnipresente en los mecanismos estratégicos del estado, sino de una nación, la española, que no admitía otra relación que la subordinación de quienes no comparten sus referentes culturales e ideológicos. Es así como el independentismo fue creciendo de manera continua hasta llegar a casi la mitad de los residentes catalanes. Los acontecimientos del último año, mediante una represión que recuerda a la de la primera mitad de los setenta, los presos políticos, los exiliados, la criminalización de la disidencia, no está reduciendo en absoluto su número. Y la composición demográfica del republicanismo hace suponer que éste se reforzará con el paso del tiempo.

Mentira número 5: son golpistas
Esta es el mantra más repetido por la derecha nacionalista española, que considera que el referéndum del 1 de octubre, junto con su preparación y su incardinación en el marco jurídico, así como la declaración de semanas después fue un “golpe de estado”. Resulta más que curioso que aquellos que no tienen problemas a minimizar, y en algunos casos a reivindicar el régimen franquista, sean aquellos que más se desgañiten para exigir la aplicación permanente del artículo 155. Sí que hubo un golpe, pero fue inducido por el jefe del estado en su alocución (un implícito llamamiento a la represión) de 3 de octubre. Sus palabras fueron interpretadas como una carta blanca por parte de los cuerpos policiales y el poder judicia (y el TC) para encarcelar con cargos ficticios a buena parte de sus protagonistas, para impedir el nombramiento del presidente Puigdemont forzando vergonzosamente la legalidad o para acusar de terrorismo a quienes cortaban carreteras poseyendo pitos amarillos, como es el caso de Tamara Carrasco. Los jueces europeos no se podían creer lo que veían, de manera que diplomáticamente han desautorizado la justicia-ficción elaborada desde el Supremo, rebajándola reiteradamente por los tribunales europeos a la segunda división europea, justo al lado de Turquía.

Bonus Track núm. 2: es paradójico que, teniendo en cuenta que la generalización constitucional de las autonomías (el Café para Todos) se realizó, indiferentemente de la voluntad de la mayoría de territorios, y con un mapa autonómico surrealista para diluir la innegable condición nacional de Cataluña y el País Vasco, a lo largo de la aplicación del 155, el único territorio sin autonomía fuera precisamente éste.

Mentira número 6: Se ha roto la convivencia
El mes pasado conocí a un joven de Ceuta que había encontrado trabajo en Girona como educador. Confesó que, cuando explicó a su familia que se venía a Cataluña, su madre lloraba desconsoladamente como si hubiera sido enviado a la Guerra del Vietnam. Llevaba ya algunas semanas aquí y pudo comprobar que todo lo que le habían explicado sobre Cataluña era mentira. Que nadie le perseguía por no hablar catalán (como sucede con el 20% de la población). La idea de la ruptura de la convivencia no es ningura realidad, sino un proyecto deliberado dirigido por Ciudadanos y que como ya confesó públicamente uno de sus líderes, Jordi Cañas, anhela la ulsterización del país. No es fácil que esto suceda, porque la sociedad catalana es sumamente compleja y heterogénea y lleva ya un siglo administrando la diversidad. En las familias, lugares de trabajo, sindicatos, comunidades de vecinos, grupos de amigos existen opiniones dispares, pero no se ha roto ninguna a causa del independentismo. Si algún núcleo familiar se ha dejado de hablar es a causa de razones mucho más profundas y personales. En entidades de la sociedad civil, como el sindicato CCOO, tras una consulta realizada este año, el 40% de los afiliados se declaran independentistas, pero no existe ningún movimiento que indique que la entidad se vaya a romper con una dirección que se, no sin cierta ambigüedad, se desmarca del independentismo. En otras palabras, a pesar de los intentos de división por parte de partidos como Ciudadanos o el PP, o la intoxicación mediática, Cataluña no se rompe sino lo que se está rompiendo son los lazos personales, económicos y culturales con una España que parece llevar puesto el implante que contempla a los catalanes que ejercen como tales como “roaches” o cucarachas. Porque buena parte de los catalanes, sean independentistas o no, están bastante hartos de un estado que se esfuerza en mostrar a diario su hostilidad que posee un doble rasero a la hora de tratar a sus ciudadanos. No es normal que una chica como Tamara Carrasco, que ha participado en un corte de carreteras y se le haya encontrado en casa “una careta de Jordi Cuixart y un pito amarillo”, haya sido acusada de “terrorismo” por la Audiencia Nacional, y en cambio, un ultraderechista, amigo de la Guardia Civil, con un gran arsenal de armas de juego y que tenía planificado atentar contra el presidente de gobierno, no sea considerado
terrorista.

Bonus Track núm. 3. Se ha hablado de acoso y agresiones a unionistas, e incluso se ha magnificado el hecho que al juez Llarena se le haya pintado de amarillo el portal de su casa. Pero lo cierto es que los actos de violencia registrados van en un única dirección. Tras los 1.066 heridos del 1 de octubre contra los ciudadanos que pretendían votar, según el prestigioso Anuari.Cat, se registraron, entre octubre de 2017 y febrero de 2018, 139 incidentes violentos de carácter ideológicos, todos ellos ejecutados por la ultraderecha, entre los cuales, varias veces han participado personal de las fuerzas policiales del estado. Ello ha implicó decenas agresiones físicas por llevar lazos amarillos y un total de 101 heridos de diversa consideración. Uno de los periodistas más destacados en el conocimiento de la ultraderecha (y uno de los más amenazados de Europa) fue agredido por un agente de policía de paisano, entre multitud de testigos y pruebas gráficas, al grito de “Arriba España” y “Viva Franco”. En los días de octubre, varios coches de ciudades como Girona, Cassà o Verges aparecieron con las ruedas pinchadas. Precisamente en Verges, ciudad natal de Lluís Llach ha sido atacada varias veces por comandos ultraderechistas. El coche particular de la diputada republicana Jenn Díaz fue destrozado, Catalunya Ràdio y una escuela de Barcelona fue asaltada violentamente por una manifestación ultra y así un sinfín de situaciones silenciadas en los medios españoles. Desde este punto de vista, el nacionalismo español busca desesperadamente romper la convivencia. Mentira número 7: No hay presos políticos ni exiliados, sino políticos presos y huidos de la justicia.

Sé que esto es duro para muchos españoles que tienen en alta estima su país. Pero, tras los acontecimientos de octubre, el “A por ellos judicial” implica que personas de una calidad humana intachable han sido encarcelados preventivamente  por formar parte de un gobierno, desconvocar una manifestación o permitir un debate en el Parlament, lo que contrasta, por ejemplo, con el caso de la Manada u crímenes de gravedad extrema o corrupción evidente. La situación se entiende únicamente a partir de las instrucciones jerárquicas de una judicatura, que, en los niveles estratégicos, mantiene un franquismo evidente, y probablemente tiene mucho que ver con instrucciones tácitas de una jefatura del estado que no oculta su odio hacia unos catalanes, que en más de un ochenta por ciento se declaran republicanos. Amnistía Internacional 40 premios Nobel, magistrados alemanes, belgas, suizos o británicos han denunciado lo que los medios españoles se obstinan en reconocer: son presos políticos y exiliados. A cualquier profesor o catedrático de derecho le estalla la cabeza ante este acto de derecho-ficción. Pero, por si hacía falta alguna indicación más, los varapalos judiciales europeos a la hora de negar todas las extradiciones hacia los líderes independentistas exiliados, han dejado a la judicatura española a la altura de la turca. De hecho, no creo nada casual que a Felipe VI le sentaran al lado del presidente Erdogan en la ceremonia del centenario del final de la Primera Guerra Mundial. Incluso el Supremo ha retirado las euroórdenes ante la evidencia, lo que implica claramente que en ningún caso sean “huidos”, puesto que pueden circular por todo el mundo menos en un país llamada España y en una Cataluña donde se aplica, a la práctica un “estado de excepción”.

Bonus Track núm. 4: Es bien conocido que antes del 1 de octubre, uno de los juzgados de Barcelona se dedicó a investigar ilegalmente al mundo independentista, y que tras el “a por ellos judicial”, se encausó a más de 1.200 personas por cosas del estilo “alcaldes que firman manifiestos”, tuiteros, manifestantes o maestros que fueron denunciados, a instancias de los mandos de los cuarteles, o por páginas web anónimas por supuesto adoctrinamiento. En otros términos, una “causa general contra el independentismo y los “delitos de opinión”. En el momento en que estos casos han pasado por jueces ordinarios, todo ha sido archivado. A pesar del deterioro del sistema judicial, la mayoría de magistrados no parecen dispuestos a sacrificar su integridad profesional y ética (a pesar de que ello les impida progresar en su carrera). Por cierto, todo forma parte de una trama destapada por periodistas denominada “Operación Cataluña”, a cargo de políticos conservadores y cloacas del estado. Este conjunto de informaciones periodísticas probadas y contrastadas se resumieron en un documental que se pasó en Cataluña y el País Vasco, y que ha sido vetado por las televisiones generalistas.

Mentira número 8: Nadie reconocerá a Cataluña / Cataluña nunca será independiente
Resulta muy arriesgado, en política, o en la vida en general, utilizar el futuro imperfecto. Ni quien esto lea, ni quien escrib posee la facultad de adivinar el futuro. Pero con cierta formación y honestidad intelectual podemos intentar aprender del pasado y comprender el presente. Ahora que se cumplen cien años del final de la primera guerra mundial es necesario saber que en Europa se ha pasado de 26 estados independientes a 51, lo que implica un promedio de uno cada cuatro años. Y, aunque cada caso tiene sus peculiaridades, se repite un mismo patrón: un estado grande y plurinacional incapaz de administrar su diversidad. A diferencia de dos décadas atrás, en Cataluña existe una masa social suficientemente amplia que ha abrazado el independentismo como proyecto, lo que supone una espada de Damocles sobre Madrid y que hace de España un estado tremendamente frágil y vulnerable. Es cierto que a ningún país europeo u occidental le hace demasiada ilusión la independencia de Cataluña. Pero la regla número uno de las relaciones internacionales es el interés; i la número dos, la hipocresía. Varios gobiernos pueden utilizar el “conflicto interno” para presionar a las autoridades españolas para conseguir favores o tratados que les suponga un beneficio (y que perjudiquen a la sociedad y la economía española). De hecho, ya está pasando, cuando la flota rusa ha podido reabastecerse en las colonias españolas del norte de África. Y, por supuesto, el reconocimiento de Cataluña no se producirá… hasta que se produzca. La actuación burda y estúpida del gobierno español ha acelerado, además, la degradación de su prestigio internacional (la presencia de España ya se ha visto afectada a partir de la relegación en varios organismos internacionales como la OSCE o la UE) y su situación diplomática (especialmente gracias a ministros de competencia discutible como Margallo o Borrell) lo hace estar en una situación de debiliad. En contraposición, la forma cómo Canadá, con un problema parecido, encaró el conflicto, mediante un referéndum, unas reglas claras y una negociación posterior hizo de este país norteamericano una potencia más sólida que antes de 1980.

Mentira número 9: los catalanes son supremacistas / nacionalistas / nazis, … Esta ha sido una de las más repetidas últimamente al más puro estilo goebbeliano. Se fundamenta probablemente en el hecho tradicional de que Cataluña es una sociedad tradicionalmente más urbanizada que España y que ciertamente  algunos sectores del catalanismo no siempre han sido muy diplomáticos en su relación con Andalucía. Ciertamente, personajes como Antoni Duran Lleida (por cierto, un reconocido unionista y representante de lo más rancio y apolillado de la antigua burguesía catalana) utilizó en más de una ocasión los tópicos sobre andaluces vagos. Pero la realidad es bastante diferente: la propia Constitución establece una asimetría en las relaciones entre lenguas y culturas: obliga a conocer el español, pero no el catalán, al cual trata como lengua de segunda fila. Es más, el estado ha saboteado cualquier intento de que éste, con más de diez millones de hablantes (y que es hablado por uno de cada cinco ciudadanos del estado), sea oficial en España o en la Unión Europea, donde sí que lo es el maltés, el esloveno o el finés, con muchos menos hablantes. Además el trato del estado al catalán se ha caracterizado por un desprecio sistemático. Resulta muy sintomático que existan más cátedras universitarias de catalán en Alemania que en la España monolingüe. Los catalanes no se sienten superiores a los españoles, ni a los portugueses, ni a los argentinos, sino algo que parece molestar mucho más: iguales. Es España la que se niega a dar un trato igualitario, de nación a nación. Es cierta incapacidad ontológica de aceptar de que Cataluña es una nación que, de acuerdo con las teorías de Bennedict Anderson, Ernest Gellner, Anthony Smith hace que este territorio y las personas que lo componen se puedan identificar como tales. Incluso la floja definición de la Real Academia de la Lengua “conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan la misma lengua y poseen una tradición común” se acomoda a una realidad objetiva. Sí, ciertamente muchos tienen tatuada la creencia que los catalanes se han inventado su pasado y que hablan catalán para fastidiar. Pero creer en ello no significa que la realidad no pase por encima del deseo del nacionalismo español de homogeneizar el estado al más puro estilo francés. Desde el nacionalismo banal de quien posee un estado (Michael Billig nos recuerda que son éstos quienes disimulan su nacionalismo a partir considerar la exhibición de sus símbolos como algo natural), se considera a quien no comulga con la idea cuasi religiosa de la unidad de España como un hereje, y utiliza el apelativo de “nacionalista” para desacreditarlo. Pero como ya hemos señalado, Cataluña es una sociedad plural y compleja y sus deseos de independencia responden a un proyecto de ruptura respecto a un estado hostil y autoritario. Para ello han desarrollado unas redes de sociedad civil que permiten movilizarse activamente por cientos de miles. En vez de tratar de entender por qué hay tantas personas que ya no quieren ser españolas, buena parte de la opinión pública y publicada ha decido relacionarlas con la Alemania nazi… paradójicamente por parte de un estado que acogió a miles de ellos, que fue construida en su forma actual mediante el franquismo, y que utiliza la represión para tratar de mantener un statu quo crecientemente discutido.

Apunte final: España debería visitar al psicoanalista
En este apagón informativo / implante cerebral que rige la conducta de buena parte de la sociedad española (no olvidemos que 6 de cada 10 españoles justifican la represión contra los independentistas, tratados como “roaches” o “cucarachas”) hay datos que muchos, diría que casi todos, desconocen. Si hablamos de la Cataluña contemporánea, exceptuando a José Montilla (2006-2010), todos, absolutamente todos los presidentes catalanes han sido víctimas de la represión del estado. Prat de la Riba, primer presidente de la Mancomunidad (una pre-autonomía anterior a la República, entre 1914 y 1924) murió prematuramente a causa de los diversos encarcelamientos en su etapa de líder catalanista. Francesc Macià (1931-1933) fue exiliado y encarcelado varias veces. Lluís Companys (1933-1940) fue encarcelado, exiliado, entregado por la Gestapo a España, y finalmente fusilado. Josep Irla (1940-1954) fue exiliado y su patrimonio robado por el franquismo. Josep Tarradellas (1954-1980) pasó 38 años en el exilio. Jordi Pujol (1980-2003) fue represaliado por el franquismo y pasó algunos años en prisión. Pasqual Maragall (2003-2006) fue defenestrado por el partido socialista, y cruelmente difamado por los medios españoles. Artur Mas (2010-2016) ha sido procesado y finalmente le han incautado su patrimonio en un acto de venganza del estado. Y, Carles Puigdemont también ha tenido que exiliarse. ¿Qué le pasa a España con los catalanes? Durante siglos, Cataluña ha buscado inútilmente su encaje con el estado. Pero las cosas han cambiado, probablemente de manera definitiva. Una parte substancial, quizá mayoritaria y en ascenso, ya no quiere saber nada de una España empapada de franquismo y catalanofobia. O peor aún, de una España que, a la manera inquisitorial, ve en la existencia de una identidad nacional alternativa como una peligrosa herejía. Ahora, una masa social resentida y organizada aprovechará la mínima oportunidad para completar su proyecto o desestabilizar al estado. Ya sé que soy ingenuo, porque cualquier analista venido de cualquier sitio sabe perfectamente que es a partir del diálogo y la negociación que un conflicto de esta magnitud puede tener algún viso de solución. Pero para ello, la sociedad española debe arrancarse el implante que llevan puesto para poder leer la realidad de manera objetiva.

Xavier Diez


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dilluns, 19 de novembre del 2018

LAS RAÍCES DEL MAL

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John Kekes, profesor emérito de filosofía de la universidad de Albany, publicó en el 2007 un libro de ensayo con el título The Roots of Evil” (las raíces del mal), en el que analizaba una serie de circunstancias sociales a lo largo de la historia, en las que se había producido un fenómeno que podríamos describir como un “mal endémico, un mal extensible al grueso de una población”.
Creo que este mal endémico es el que el Estado español lleva años descargando contra Catalunya y sus ciudadanos. Y cuando me refiero a los ciudadanos catalanes me ciño a aquellos que lo son porque quieren serlo (voluntat d’ésser catalans que decía Vicens Vives), y no a aquellos que habiendo nacido o no en Catalunya se consideran ciudadanos españoles y sólo administrativamente lo son de Catalunya.
Hago esta aclaración porque estoy harto de las sandeces que prodigan algunos tertulianos, disfrazados de políticos, y algunos políticos, travestidos en tertulianos, sobre los “buenos y malos catalanes”. No hay tal cosa. En Catalunya hay catalanes y españoles que viven en Catalunya (insisto, hayan nacido o no aquí). Una lectura distinta es ignorar los fundamentos de la antropología cultural. Que en las actuales circunstancias los primeros sean mayoritariamente independentistas y los segundos españolistas, es una simple aplicación de la lógica más elemental.
O sea, los receptores de esa ola de maldad son los catalanes y, por extensión, sus representantes democráticamente elegidos, sus instituciones, su lengua, sus costumbres, su forma de entender la vida, su historia, sus proyectos de futuro.
Dice John Kekes, con el rigor académico que le caracteriza, que “La maldad es el más serio de nuestros problemas morales. Toda la crueldad del mundo, la codicia, los prejuicios y el fanatismo arruinan la vida de incontables víctimas. La atrocidad provoca atrocidad. Se alimenta un odio furioso hacia el enemigo real o imaginario, que rebela unas tendencias salvajes y destructivas en la naturaleza humana. Comprender esto cuestiona nuestras ilusiones optimistas sobre el peso de la razón y la moral en la mejora de la vida humana. Desecharlas es de importancia vital, porque son los obstáculos para poder contrarrestar la amenaza del mal”.
Desde el amplio campo de las ciencias sociales hay un eterno debate entre la psicopatía y la sociopatía, hasta el extremo de que algunos (psicólogos, psiquiatras, criminólogos) las confunden. Donde sí existe un acuerdo respecto al modelo de comportamiento es que en el psicópata el mayor peso de la desviación se halla en el propio sujeto (por razones genéticas, hormonales o químicas) y en el sociópata el protagonismo lo tiene el entorno.
Que algunos personajes expresen de forma continuada un odio y un ensañamiento maligno contra Catalunya y los catalanes, podría ser clasificado como conducta psicopática. Pero cuando se detecta una extensión de la conducta a una pluralidad de actores e instituciones, el fenómeno cobra otro sentido. Es cuando la sociopatía se hace endémica. En el contencioso catalán hay signos evidentes de maldad.
La hay cuando el representante simbólico del Estado toma partido de forma agresiva contra una parte de la población, en lugar de hacer de árbitro como le compete. La hay cuando los partidos mayoritarios cercenan los derechos de los catalanes, en una interpretación sesgada de la Constitución (155). La hay cuando se ordena a las unidades más violentas de las fuerzas de seguridad que ataquen a los ciudadanos, que de forma pacífica pretendían votar. La hay cuando se pone al frente de esas unidades a personajes con una trayectoria ligada al Régimen franquista. La hay cuando después de la masacre se conceden premios a los más beligerantes. La hay cuando el poder judicial (jueces y fiscales) hacen una lectura intencionada y perversa de unos hechos que gracias a las nuevas tecnologías ya no pueden tergiversar por más que lo intenten. La hay cuando se aplica una presión preventiva sine die (un hito en la historia penal) a unos representantes políticos y cívicos que no hicieron más que cumplir su obligación. La hay cuando las acusaciones se ajustan a una fabulación que no tiene nada que ver con la realidad. La hay cuando todo ello es jaleado no sólo por los partidos españolistas, sus medios afines (prácticamente todos) y sus centros de poder económico-financieros, sino también por las máximas autoridades de la religión oficial del Estado (el nacionalcatolicismo), a través de la Cope o de Trece televisión, de las que son propietarios (Conferencia Episcopal). La hay cuando un llamado Tribunal Constitucional emite dictámenes en el sentido y en el tiempo que el poder ejecutivo le indica. La hay cuando el máximo ejecutivo del Consejo General del Poder Judicial hace pública una carta dirigida a un juez de instrucción de Barcelona (que estuvo en el origen de la causa general, tras aceptar una denuncia del grupo ultraderechista y extraparlamentario Vox) en la que no le anima a ser justo, generoso y responsable (que es la obligación del cualquier juez) sino que le felicita porque “cambió el rumbo de la historia de nuestro país”, lo que no es más que una vulgar soflama. La hay cuando se archivan causas penales graves, como es la utilización de las cloacas del Estado para destruir la vida, la imagen, el respeto y la familia de aquellos que resulten molestos. La haycuando los autoproclamados “intelectuales progresistas españoles” permanecen en silencio ante tan graves hechos. La hay cuando el “a por ellos” se generaliza. La hay cuando las autoridades internacionales de los Estados más próximos se inhiben ante la constante vulneración de los derechos más elementales.
Esto no es nuevo. Hanna Arendt ya formuló su interesante hipótesis sobre la “banalidad del mal”, en su libro, publicado en 1963, Eichmann in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil”. Allí explica cómo se creó el entramado burocrático que propició el holocausto. Eichmann no era un psicópata; estaba allí y se limitó a cumplir órdenes, sin preguntarse si éstas eran o no justas. Si te distancias de la realidad y no haces ningún esfuerzo para comprenderla, acabas normalizando la maldad. Esto no justifica tu conducta, pero la sitúa en su propio contexto. En palabras de Arendt: “Cuando hablo de “banalidad” no lo hago sólo a nivel objetivo; me limito a destacar un fenómeno que a lo largo del juicio se hizo evidente: Eichmann no podía estar más lejos de “ser un malvado”. Eichmann simplemente “nuca supo lo que hacía”. Y, como él, una gran mayoría de la población alemana, que aceptó como buenas las políticas nazis de persecución racial y genocidio, tomando como base la conformidad social y la obediencia a la autoridad. Y no era una obediencia pasiva, pues el régimen nazi fue hasta el último momento extremadamente popular.
El Estado español lleva siglos fomentando las raíces del mal, algo que la humanidad como especie arrastra desde sus orígenes. Y aunque nuestra tendencia natural a la animosidad y a la destrucción coexista con la tendencia a la empatía y a la cooperación, el sesgo se da en el sentido equivocado. En una correspondencia cruzada entre Albert Einstein y Sigmund Freud (1931-1932), el primero preguntó al segundo: “¿Es posible controlar la evolución mental del hombre, de forma tal que se constituya en una barrera contra la psicosis del odio y la destrucción?” A lo que Freud respondió: “No es probable que seamos capaces de suprimir las tendencias agresivas de la humanidad”.

El comportamiento del Estado español, en su dimensión total (personas e instituciones), parece confirmar el peor de los dictámenes. Solo la banalización del mal explica lo que está ocurriendo.




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diumenge, 18 de novembre del 2018

Ni dretes ni esquerres ni estat de dret | Josep M. Boixareu

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Malgrat les picabaralles i partidismes entre els partits independentistes el poble sí que està en marxa!


Doctor enginyer industrial. Diplomat en enginyeria nuclear i en alta direcció d'empreses per l'IESE. Editor llibreter i escriptor. No estic afiliat a cap partit polític. Soc membre de l'ANC, Òmnium Cultural, IEC, AELC, etc.

Amigues, amics,
Divendres 16 a la tarda es va celebrar l’anomenada “Cimera per al diàleg”. Va ser demanada al ple del Parlament pel grup del PSC i s’hi van adherir PDeCat, ERC, Comuns i, naturalment, el PSC. No hi han volgut ser la CUP, Cs i el PP; com tothom sap, els primers per raons molt diferents dels dos següents. Aquestes trobades de bona voluntat em semblen molt bé per part del que hi assisteixen. De tota manera, portem tant de temps remenant la perdiu, uns i altres, que molt em temo que aquesta bona voluntat dels quatre assistents a aquesta cimera o no durarà gaire o durarà massa.
Els Comuns, darrerament, semblen gent amb ganes de tirar endavant la democràcia. Els del PSC encara no han fet ni un pas, perquè aquesta proposta seva trontolla des de l’inici; tanmateix no s’han compromès a no tornar a donar suport a un altre 155 i el seu plantejament va d’Estatut. Qui no recorda, d’aquell projecte d’Estatut de 2006, les promeses de l’aleshores cap del PSOE, Zapatero, “apoyaré el Estatut que salga del Parlament de Cataluña…”?  Quina presa de pèl! I ara ens hem de creure els escolanets d’aquell PSOE que és el mateix que encarrega a l’advocacia de l’Estat que demani penes brutals per “sedició” als nostres patriotes empresonats? Jo, com sant Tomàs…
Els del PSOE, teòricament republicans i per tant amb valors democràtics, estan pactant d’una manera vergonyosa amb els del PP (sobre els quals sobren comentaris) qui posen de president del Tribunal Supremo i del Consejo General del Poder Judicial. Això és el que se sap públicament, i ja sabem que mai se sap tot ni tota la veritat. A l’Estat no hi ha ni dretes ni esquerres ni molt menys estat de dret. Bescanviar cromos posant jutges des dels partits polítics és de república… bananera. I, els escolanets del PSC, Miquel Iceta i Eva Granados, proposant un altre estatut autonòmic. No us adoneu de ja heu arribat tard? Que hi ha en marxa un procés cap a la República Catalana, nacional i social? Que malgrat les picabaralles i partidismes entre els partits independentistes el poble sí que està en marxa! I, les revolucions de veritat les acaba guanyant sempre el poble. Som majoria! I, si no, per què no ens deixen comptar quants volem la independència? Per què no un referèndum pactat i vinculant? El més democràtic del món! No, PSC, no! Amb el 155 i el pretès l’estatut autonòmic esteu a l’alçada del PP i Cs. Vaja companyies! No ens enganyareu ni amb cimeres pel diàleg, que sona molt bé però que només serviran per perdre el temps, i ja n’hem perdut prou.
Avui he estat llegint diaris, en paper i digitals, seguint el Twitter i veient els informatius de la TV. Jo no tinc informació tan directa com la tenen alguns que la revelen de “bona tinta”. Jo, d’aquesta en tinc molt poca. La tinc a través dels mitjans que jo considero més creïbles. Sí! Llegeixo els que em dona la gana. Hi ha llibertat d’expressió (o n’hi hauria d’haver), però els ciutadans de base tenim dret a llegir el que ens sembla i a dir el que ens sembla, com jo faig aquí sense cap pretensió més que la de donar la meva opinió. Us asseguro, però, que sento i veig de tot. Quan sento algun personatge, o alguna, que ja sé el que dirà passo full o tanco la tele. N’hi ha que em provoquen basques o nàusees i hi perbocaria al damunt. Fan fàstic, són gent dolenta. Solen sorgir de la banda de Cs i PP.
Per cert, que Diario 16 ha fet una revelació en el sentit que l’aute de conclusió del sumari no la va resoldre la Sala de recursos, sinó la Sala d’admissió, que també va acordar l’inici de la instrucció perquè el jutge Llarena va oblidar dictar l’aute d’incoació de sumari. Això podria suposar l’absoluta nul·litat de la causa del procés. Un petit entre moltíssims exemples que la justícia espanyola funciona amb negligència, de vegades per ignorància, altres per revenja i politització, però que finalment és un desastre, com han pogut comprovar el tribunals de justícia europeus més independents.
En aquest mateix sentit, el periodista Ernesto Ekaizer, a qui conec de fa molts anys i de qui puc donar fe de la seva professionalitat i honestedat, escriu al diari Ara: “Els jutges de l’Associación Francisco de Vitoria ha anunciat que presentaran un recurs davant la sala contenciosa administrativa del Tribunal Suprem, la sala tercera, contra el nomenament de Manuel Marchena com a president del Tribunal Suprem i el Consell General del Poder Judicial, ja que entenen que està viciat de nul·litat perquè ha estat triat pel PSOE i el PP, que no són vocals”, i quan els vocals ni tan sols han estat elegits.
D’altra banda, el col·lectiu dels Mossos d’Esquadra Guilleries ha denunciat la presència de la Guàrdia Civil en grups ultradretans. Estem en un estat policial amb paramilitars que campen arreu, sobretot en la ultradreta amb què Pedro Sánchez flirteja (pela la pava), canvia cromos i nomena jutges. Ara declara el policia nacional que va arrossegar una noia per la boca. Imatge que per si sola ja val una presó preventiva. No sé què li deuran fer al policia que va traure un ull a aquell noi i a tants i tants salvatges que 1-0 van emplenar Catalunya de violència gratuïta. I, sobretot, què els faran als seus caps? Perquè tots van dient que rebien ordres superiors. D’aquests talps salvatges n’estan plenes les nostres concentracions. És el règim del terror que els catalans resistirem fins a la victòria final sense fer sang a ningú, pacíficament; això els té sorpresos i els fa molta ràbia. Per això hi ha revenja amb ostatges.
Segueixo el que m’interessa del Twitter i també la selecció que en fan alguns diaris. Tres de l’Ara. Jordi Sebastià: “El Suprem sentencia que els consumidors no han de pagar el manteniment de Castor. Però els dolents vam ser els que ens vam manifestar en contra de la seva instal·lació, fos on fos. Que érem uns anti-tot contraris al progrés”. Un altre tuitaire segueix, Emilio Regalado: “Venint del Tribunal Suprem, prudència, perquè tots sabem que donde dije digo digo Diego… o Florentino”. Aquest va del Brexit. Armando Iannucci: “L’home que ha negociat el Brexit ha dimitit avui per postular-se ell mateix per liderar el partit que ell vol que negociï contra l’acord que ell ha negociat”. No estem sonats, tots plegats?
Els d’Arran van pintar de groc l’entrada de la casa del jutge Llarena a Sant Cugat. Jo no ho hauria fet. He vist tantes parets pintades que l’únic que faria és fer-los pagar la neteja. La resta queda emparada per la llibertat d’expressió. Però, és clar, d’això els de Cs no hi entenen.
Per acabar. No oblidem que fa tretze mesos que els Jordis estan empresonats preventivament, sense judici, per fer ús del dret a manifestació i, àdhuc, demanar als manifestants que es retiressin. La Guàrdia Civil havia deixat dins els cotxes aparcats davant d’Economia armes de foc amb la porta oberta. Això ha merescut algun càstig? Per a un militar o guàrdia deixar una arma abandonada suposa un càstig molt important. Però com que ho van fer expressament per si algú les trobava i provocava la primera víctima, potser els condecoraran, com al feixista de Terrassa que volia matar Pedro Sánchez. Aquí, nosaltres arribarem a la República sense matar ningú. Els altres….
Vostre,
Josep M. Boixareu Vilaplana

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